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Revista núm. 25 - Enero/Junio 2019

Literatura y regionalización en Sonora (I de II)

Sergio Gómez Montero*

Para mi maestro Francisco Luna

Cuando alguien dice algo en forma de generalización
extraída de la realidad, se aproxima al sueño y,
más aún, a la poesía

Hofmannsthal: El libro de los amigos

 

¿Y a ustedes cómo les ha ido en la grilla política?, ¿ya le dieron la mano, por lo menos, a Moctezuma Barragán? Porque a mí, uff, eso de tener que escribir y escribir artículos periodísticos me trae por la calle de la amargura dado que mi salud está sufriendo en serio, entre otras cosas, y eso es, precisamente, lo malo del periodismo: que uno olvida las cosas importantes y vive continuamente al pendiente de la cotidianidad. Pero, la inquietud de opinar lo mantiene a uno en vilo y quizá por eso se mantiene metido a fondo en el ¿y mañana de qué voy a escribir? Es decir que la cotidianidad lo agobia, lo atosiga, lo aniquila: el stress continuo causa daños extremos. Un sacrificio que casi siempre se vuelve inexplicable, que no se lo recomiendo a nadie. Pero de que es formativo, por la disciplina que implica, lo es.

En fin, esperando que a ustedes tales angustias no los afecten, va pues, en dos partes, el nuevo “Entramado”, otra vez dedicado a las letras del norte del país.

1.

De manera paulatina, aunque cada vez más explosiva, crecen y se multiplican los estudios analíticos relacionados con la literatura mexicana (Ovidio Escalante, Domínguez Michael, Miguel Manríquez, Guadalupe Aldaco, los premios nacionales de Ensayo), abriéndose así cada día más campos de reflexión; de tal forma que, latentes, hoy cobran fuerza, y es más, su atención se torna perentoria y urgente por el bien de la literatura nacional. En tal marco ubicaría hoy lo referente a los estudios que buscan establecer las coordenadas que, históricamente hablando,[1] le dan precisión a lo referente a la regionalización en un contexto que reclama –sin mayores retrasos ya– un deslinde profundo con las tendencias centralistas que agobian al país y arrastran allí al estudio de lo literario.

Pero si bien la necesidad y el reclamo existen, dígase que apenas hoy se comienza a avanzar en tal sentido; por un lado, porque se le ha dado prioridad a lo específicamente histórico y económico en detrimento de otros campos del conocimiento. Por el otro, porque de manera muy lenta se da la capacitación del personal que se requiere para realizar los estudios referidos (los analíticos de la literatura mexicana, pensando en fines de 1990, que es cuando escribo estas notas que siguen teniendo validez, creo), en este caso, a la literatura, en donde el énfasis se ha puesto más en cuestiones de carácter particular (el análisis de obras y autores) que en el contexto histórico-social, plegándose así a las tendencias que han predominado hasta hoy a nivel central: en su afán de darle prioridad a obras y autores, el país carece de una sólida y confiable historia de su literatura nacional; es decir de aquel marco referencial que no sea un simple enclave de la historia general, sino el marco que permita diferenciar de la manera más nítida posible el aspecto óntico del hecho literario.[2] Eso, cuya aplicación es válida en el entorno nacional, también se justifica en ámbitos más locales, como pueden ser los estatales.

Hoy, en el caso de este escrito, precisamente se intenta realizar un primer acercamiento (del autor) para construir un marco de referencia espacial en el cual situar la producción literaria del estado de Sonora, tratando de vincular así la relación que se da entre el hecho literario y el entorno geofísico en que se genera tal hecho. Primeros esbozos; hipótesis que hoy se construyen dificultosamente, este escrito está abierto, más que nada, al debate y la discusión, a las aportaciones que se puedan hacer para precisar los planteos y las afirmaciones.

2.

No es gratuito, claro, el intentar una regionalización de la naturaleza aquí planteada. Ella responde, en lo esencial, a cuatro motivaciones más o menos definidas. Una, a fundamentar cada vez más sólidamente la “desmetropolitización” de los estudios literarios, partiendo del supuesto de que, al pasar por el filtro provincial, adquieren mayor fortaleza dichos estudios.[3] Contribuir a la definición del marco histórico-social de los diferentes estados del país sería la segunda motivación, dado que hasta hoy la literatura no ha recibido la atención debida en los estudios macro hoy existentes,[4] quedando dichos estudios relativamente incompletos a causa de ello.

Estaría, en tercer lugar, aquella cuestión ya mencionada y que tiene que ver con la necesidad que existe de llenar un vacío de importancia significativa: el darle cuerpo a una historia general de la literatura en México (obra que aún no existe formalmente), que se vea alimentada precisamente por las historias regionales respectivas, caracterizadas por el rigor de sus planteos teóricos y metodológicos. Por último, una cuarta sería poner énfasis en el eje histórico espacio –descuidado en términos teórico-analíticos– para seguir buscando así el desvanecimiento de un historicismo que mucho daño ha hecho en particular a los estudios literarios que hasta hoy se encuentran debilitados por su marcado impresionismo.

Si lo anterior motiva en lo específico estas notas, la raíz de por qué historiar la literatura tiene que ver, en esencia, con aquellos afanes taxonómicos de paternidad aristotélica[5] y que Levi-Strauss analiza cuando escribe (El pensamiento salvaje, FCE, México 1972, p. 60): 

Las imágenes significantes del mito, los materiales del bricoleur, son elementos definibles mediante un doble criterio: han servido, como palabras de un discurso que la reflexión mítica “desmonta” a la manera de bricoleur que arregla los engranes de un viejo despertador desmontado; y pueden todavía servir para el mismo uso, o para un uso diferente, por poco que los desvíe de su función primera (…) Esta lógica opera, un poco a la manera del caleidoscopio: instrumento que contiene también sobras y trozos, por medio de los cuales se realizan ordenamientos culturales (subrayados del original).

Al llevar a la práctica lo establecido tanto por Aristóteles como por Levi-Strauss y aplicarlo a la cuestión literaria, eso, que se podría llamar principios de orden, hablaría de algunos ejes esenciales para concretar una propuesta de regionalización literaria. Uno, es el paso de lo general a lo específico, en donde lo primero correspondería a lo nacional y lo segundo a lo periférico o provincial. ¿Cómo conformar lo primero, a través de una acumulación dialéctica de lo segundo, sin que esto segundo pierda su propia especificidad? ¿La inexistencia de una rigurosa historia literaria nacional está condicionada por la inexistencia de rigurosas historias literarias regionales? ¿Cómo construir tal historia literaria nacional: a partir de un ejercicio centralista –tendencia hasta hoy dominante– o propiciando la construcción de esa historia en los ámbitos periféricos respectivos? Sería evidente –obvio– la ineludible interrelación de lo nacional y lo periférico, a partir del supuesto de que lo primero no se puede construir sin lo segundo, particularmente ahora en que la nación reclama a través de la dinámica social revertir los procesos centralizadores que la agobian desde el siglo pasado y que parecen haber llegado a su clímax de invalidez e inoperancia en la época actual. 

Un segundo eje de ordenación lo es el que se pudiera denominar el eje social, y cuyas características tienen que ver con la manera en que se interrelacionan los individuos entre sí, en tanto miembros de una colectividad o grupo: el conjunto de relaciones que ello genera (tejido social) produce un marco de referencia ineludible para el estudio de todos los hechos sociales, como es el caso de la literatura. Desde aquí se disparan diferencias, por ejemplo, entre individuos que componen una nación, al margen de que, en la raíz, existan para esos individuos principios comunes de ordenamiento social: la explotación, el sometimiento, la subordinación, la desigualdad, en resumen, se habla aquí de un eje histórico dominante que se significa por las relaciones que se dan entre capital  y trabajo.

El tercer eje es el eje histórico, el cual se sustenta en dos principios básicos: el espacio y el tiempo, y en la evolución que el factor trabajo ha tenido en el interior de ellos.[6] De hecho, en este escrito se reflexiona en torno al significado y trascendencia del espacio en términos histórico-literarios. Pero no se quiere olvidar que lo cronológico cumple también, por ejemplo en lo referente a la periodización, una función de importancia significativa (Cysarz, H., Op. Cit.), en donde preguntas tales como aquella que se plantea el ¿cómo diferenciar o vincular tiempo histórico y tiempo literario, si ambos se rigen por órdenes diferentes, cómo entonces se pueden entender?; preguntas, se afirma, que si bien hablan de la importancia del tema y que en sí reclaman la realización de trabajos específicos al respecto, quedarán por ahora relegadas, a fin de ir hacia la materia concreta de este breve escrito: el espacio físico (el topos) como elemento constitutivo del hecho literario.

Notas

[1]La polémica sobre lo histórico se ha desarrollado hasta hoy en torno a la correlación de los ejes tiempo y espacio: el predominio de uno de ellos, el predominio de uno sobre el otro. Se puede documentar ampliamente esa polémica, la cual deja en claro que Historia es, siempre, tiempo, espacio y hombre en sociedad.

[2]Cysarz H.: “Los periodos en la ciencia literaria”, en: Ermantinger, E. y otros: Filosofía de la ciencia literaria. FCE, México, 1983, p. 109. Si bien Cysarz y los otros autores de este libro ponen énfasis en lo “filológico” –“… los actos creadores, “filológicamente creadores”–, en el caso de este escrito lo literario ya no puede reducirse a lo filológico, sino que hoy, al hacerse más complejo involucra una conceptualización más amplia. 

[3]Más de una vez, quien vive en provincia, se queja de las imprecisiones que alimentan los escritos de quienes desde el centro metropolitano del país abordan el quehacer literario de dichas provincias. Pero poco en verdad se argumenta con solidez, desde las provincias, para suplir fallas y errores. Aunque, se insiste: paulatinamente se avanza en tal sentido, en la medida en que aumenta el número de estudiosos de las literaturas regionales que viven ya en las provincias.

[4]Ejemplo de ello es la Historia general de Sonora, en donde debido a causas diferentes la literatura no ocupa el lugar que debiera. Varios pueden ser los ejemplos al respecto.

[5]En Szilasi, W.: Fantasía y conocimiento. Amorrortu, Argentina, 1977. Cito este libro porque él es uno de los más completos al aplicar las ideas aristotelianas a cuestiones literarias.

[6]Aquí lo mismo habría que estudiar a Piaget cuando habla de cómo en el niño se construyen o maduran pensamiento y acción en términos espacio-temporales, que leer a Bloch o Augé para reflexionar en torno al concepto de historia y cómo se inserta en él el trabajo en tanto teoría y práctica.

 


* Profesor jubilado de la UPN/Ensenada. Integrante del Consejo Editorial de esta revista. Para comunicarse con el autor escriba a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

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